El musel con aire de levante
Portuarios, que nació mirando al mar y viviendo de él, merece visita, y este Balcón constituye un buen punto de reposo y disfrute
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Dirección: Barrio de Portuarios, s/n. - Gijón
Tel: 659 437 803 y 622 577 493.
Gerente y sala: Ángel Antuña Iván.
Jefe cocina: Joan Gris Rabaseda.
Ayudas: Luis Serena y Mar Bouzas.
Apertura: julio de 2009.
Descanso: lunes.
Menú laborales: 8 euros.
Menú fin de semana: 10 euros.
Tarjetas de crédito: se aceptan.
Bodega: apropiada y suficiente.
Sidra: Piñera.
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Desde las grandes cristaleras del comedor podemos ver los almacenes del puerto, la casona indiana reconvertida en hospital de Jove y la costa gijonesa hasta Santa Catalina. Alrededor, las calles y bloques que fueran del Instituto Social de la Marina forman un barrio que mantiene el sello, el estilo y la vinculación con quienes vivían de la red, la nasa y el palangre, amplio grupo de tocotes que hace ya décadas reunió a gentes de Cimadevilla, Natahoyo, La Calzada, Poago o La Campa.
Un panel cerámico en el parque infantil a la entrada del Restaurante recuerda ese papel de reubicación cumplida, y nueva cohesión lograda, con las labores del mar por fondo y destino común.
Ángel Antuña, que creció bajo el útil ejemplo de sus padres en el restaurante La Panoya, y que sigue contando con ellos, ya estupendamente jubilados, para la idea, la crítica y el consejo (¡qué perfeccionista e impecable gerente de importantes y complejos establecimientos hosteleros fue Ángel Antuña senior!), tras graduarse en la escuela aún de Pumarín y adquirir tablas por cafeterías y restaurantes, decidió asumir el reto de El Balcón dándole capacidades de centro para el saludo, el vermú, la reunión, la fiesta, el juego y –cimiento principal- el guiso esmerado; es decir, integrándolo dentro de un paisaje de rula y de vecinos conocedores de las materias primas casi por genética a los que ofrecer platos como en casa y también innovadores, según dictan las ideas y habilidades del propio Ángel y de Joan, un catalán que aporta sol y gracia de la Costa Brava y de la Costa Dorada.
La merluza a las mil maneras, la chopa a la sidra o amariscada, la colita de rape en salsa verde y cualquier pescado que acabe de entrar en el almacén directamente desde el barco son apuestas seguras; los pescados a la sal, especialmente la dorada, también; y los arroces llevan melosidad levantina pero mariscos del Cantábrico, entintados de calamar gozoniego y tiernas almejas indígenas.
Al tiempo la fideuá o los frixuelos de lubina captan voluntades en igual medida que unas patatas con tiñosu u otro pote humeante.
El entrecot de buey, la paletilla de lechal, el solomillo wellington y el poliédrico cachopo nos pasan tierra adentro.
Y afuera, en el bar y en la techada terraza, la gente va, viene, se sienta, echa la partida, bebe culinos, pinchea y disfruta de un rincón de encuentros donde, además, hay un compromiso con el buen comer.
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