Casquería de cine
Asturias ofrece numerosas parrillas y planchas excelentes, unas cuantas excepcionales y luego ésta, en la gijonesa ‘ruta de los vinos’
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Dirección: Begoña, 18 - Gijón
Teléfono: 985 359 973.
Propietario y cocinero: José Antonio Aladro Cabeza.
Segundo: José Manuel Sánchez. Descanso: domingo.
Precio medio: 30 euros.
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Jose la cogió hace ya 35 años con un socio recién llegado de Argentina que, de carnes hechas en sus propios jugos, lógicamente lo sabía todo. Pero el local, con unos espacios estrechos, recoletos, añejos, tabernarios, tan testimoniales de décadas anteriores que, por perfectos, parecen imitación, ya tenía larga andadura de mesón manchego; y el nombre del fiel escudero del Caballero de la Triste Figura permanece.
Debajo de la escalera hay cuatro mesinas, en el altillo otras tantas, la cocina queda a la vista tras la barra rentabilizando el espacio con una inteligencia, capacidad y aprovechamiento que ya la quisieran para sí los diseñadores suecos, y las especialidades, pocas y sencillas, asombran por la perfección y el refinamiento que las manos versadas y veteranas del mencionado propietario y a la vez cocinero consiguen.
Las mollejas de cordero, que llegan doradas, crujientes, sazonadas con ajo, pimentón y perejil y levemente turradinas tras un certero golpe de calor, provocan comprensibles peregrinaciones, lo mismo que la ventrisca en verano, o que –jornada tras jornada– las chuletinas de cordero, los riñones, el chuletón, la paletilla, la chopa, los salmonetes, la lubina, el besugo y lo que aparte disponga el momento fuera de la carta, siempre merecedor de máxima atención.
Las formas culinarias no varían: elegido el mejor producto, cae sobre la parrilla al rojo vivo para que cierre poros, toma punto después con las imprescindibles moderaciones, retorna al sofoco breve y ocupa el plato acompañado por patatas recién fritas o ensalada.
No hay vajilla de La Cartuja, las copas delegan en vasos de cristal grueso y los manteles van del papel a los de cuadrinos relavados; aparte casi siempre está lleno, las demandas y trajines continuos permiten pocas presentaciones y el hispánico ruido de las conversaciones entrelazadas impera.
En otro establecimiento sería desdoro; aquí acoge, templa, complace, armoniza y crea adicción.
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