| 13 Gastrochigre |
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| Escrito por Luis Antonio Alías | ||||||
| Jueves, 24 de Noviembre de 2011 00:00 | ||||||
Cimadevilla a todos los vientos
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Dirección: Calle Rosario, 19 (Cimadevilla)
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Tras convertir un bar de calleja entre El Llano y Ceares, con apenas cuatro o cinco mesas, en centro de peregrinaje para aquellos que disfrutan con las autorías bien hechas, sirviendo más de una vez creaciones y explicaciones a alumnos hosteleros que iniciaban guisanderías, se nos fue por exigencia de espacio a la playa. Allí tuvo y sostuvo, con la ayuda de su inseparable Cloe, el Restaurante Terranova, incluido al momento en los recorridos de excelencia gastronómica gijonesa, pero «no estaba preparado para los tumultos veraniegos, ni tampoco para las soledades del invierno».
Buscando entonces la proporción justa del ‘ni tanto ni tan calvo’ encontró un viejo local con historia previa de tienda y taberna en el corazón de la Cimadevilla profunda, ese que aún late entre callejas, callejones y patios, y lo ha transformado en gastrochigre con aliño popular y rupturista adecuadamente proporcionado.
El comedor, justo de tamaño para los montajes ‘prêt-à-porter’ de Jorge, se abre al final de la correspondiente zona de barra y bar con encerado de especialidades a tiza, y pone marco y ambiente a los ya bastantes años de aprendizaje y ejercicio que, no obstante la juventud del anfitrión, pasan por largos protagonismos en cocinas londinenses y madrileñas de geografías variadas, aunque sin olvidar nunca los sabores del Mieres natal o del Gijón adoptivo.
Los mejillones con tomate fresco y hierbabuena, la ensalada templada de chipirones y cebolla confitada o la de patatinos, xarda en escabeche y pimientos encierran raíces vecinales; el minicachopo de presa relleno de jamón y berza con salsa de Gamonéu mira para el Sella; las patatas con pisto y yema de huevo envueltas en serrano pasean por La Mancha; la minimilanesa con salsa de mostazamiel o los arancini de picadillo y berza aportan hechuras mediterráneos a los ingredientes cantábricos y los burritos (o burrinos) de maíz y criollo nos dan un viaje yucateco de ida y vuelta.
Y así la multicolor oferta.
Vivimos tiempos difíciles y vemos cómo grandes chefs adaptan los costos de su imaginación a espacios desenfadados y propuestas proporcionadas; el menú diario de papeo para dos –vino incluido– por veinte euros, y el platín con caña del mediodía por cinco euros, tratan de que la crisis, además de cebarse en la necesidad, no borre el hedonismo, que los placeres de la vida son siempre su víctima primera y preferida.
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