| Casa Tino |
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| Escrito por Luis Antonio Alías | ||||||
| Jueves, 25 de Agosto de 2011 00:00 | ||||||
El acierto inmutable
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Calle: Alfredo Truhán, 9 - Gijón
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Quien pasada la cincuentena recuerde su primera comida en Tino comprobará que los niños se han hecho adultos, los adultos mayores, y los mayores ausentes, pero curso de la vida aparte, nada ha cambiado; permanece la misma sencillez, la misma distribución, las mismas maderas, las mismas lámparas de lágrima, la misma puerta que separa bullicios entre el chigre y el comedor y la misma pulcritud extremada.
Y permanece una cocina que, esencia de lo casero, respeta el todo fresco, lento y según nuestra madre nos enseñó, que las tres hermanas, Mari Pepa, Maribel y Ana, siguen las enseñanzas maternas de María del Pilar, fallecida cuando el pasado año la apertura cumplía medio siglo y Noemí y Lolo, la futura generación, ampliaba responsabilidades.
«Nunca hicimos publicidad. Ésta ha sido casa de clientes fieles que traían a otros, de amigos cuyos hijos hemos
visto crecer, casarse y repetir la historia» –cuenta Ana.
Tino y Pilar, los fundadores, gobernaron el Novelty, Juan del Man y Casa Trabanco:«Crecimos en restaurantes de ajetreo, así que el destino de alguna forma decidió por las tres, y aunque trataron que estudiáramos y tuviéramos otras ocupaciones, al construirse este edificio mis padres compraron el local e iniciamos el capítulo definitivo» –añade Ana.
Pues el destino se portó bien con quienes gustan de los grandes clásicos asturianos, y si no echen una mirada a la carta donde ningún plato resulta extraño y unos cuantos provocan apetitos nostálgicos: los callos podrían competir en el reñido podio regional, les fabes con gallina preservan una de las grandes modalidades de fabada injustamente olvidada, los fritos de coliflor y las judías verdes santifican la huerta, el salpicón de marisco concentra nordestes, los salmonetes de roca exhiben su irresistible atractivo, y los calamares en su tinta con arroz y el hígado encebollado marcan hogar, igual que las manos de cerdo rebozadas, los estivales pimientos rellenos de bonito fresco, el pitu de aldea, la perdiz con verduras, la ternera con patatines o la soberana lengua.
En Tino cabe lo que cabía en las nostálgicas mesas dominicales de mantel y vajilla blanca que precedían al cine, al perdido ritual de las visitas o al paseo por Begoña y el Muelle.
Y cabe tal como era, tal como sabía y tal como lo disfrutábamos y disfrutamos.
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