Hermanamiento de sabores
Hace justo seis años, dos hermanos, cocinero uno y camarero otro, se hicieron cargo de un histórico del buen comer caminero. Y lo revitalizaron
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Al lado de un tramo de la Nacional que aún espera por la autovÃa del Cantábrico, y con una corta y cuesta entrada hasta el estacionamiento que permite ver la grandilocuente iglesia de los Selgas y adivinar el mar en el horizonte, Casa Maribel fue siempre refugio de aldea y de paso. Los vecinos de los muchos caserÃos diseminados por Piñera, Tabladiello, Cascayu, Bustiello y otros lugares próximos tuvieron allà su mesa de mus y de dominó, su vasÃn de vino, su tapa y su carajillo, mientras que los viajeros de largo y corto recorrido disponÃan de un rincón donde almorzar y cenar con el contundente y convincente argumento de unos guisos apetitosos y reparadores.
Pero no debemos conjugar en pasado, que el presente mantiene, continúa y renueva tal argumento al haber recuperado y reabierto la taberna y el restaurante los hermanos Juan y David hace justo seis años, que cada primavera celebran el aniversario.
Nacidos cerca, en Inclán de Pravia, Juan, el mayor, igual que un buen número de cocineros, sintió la vocación de pequeño por lo que tiene el oficio de experimento fÃsico y de magia potagia. Y tras recorrer unos cuantos establecimientos acordó con David, especializado en sala y cata enológica, y con Yiset, diplomada por la escuela de hostelerÃa praviana, que el tradicional parador de carretera y braña ofreciera menús apropiados para camioneros hambientos, xaldos y marnuetos de fiesta y gourmets exigentes.
Los macarrones y las lentejas del dÃa enviciaban; el paté de perdiz en chutney de frutas del bosque, Ãdem; el jabalà y el venado (o el cordero montuno) de larga maceración y limpio paladar, Ãdem de Ãdem; y los postres y el café redondearon las satisfacciones con la propicia colaboración de una amplia y asequible bodega.
Dominan los potes provistos por huerta propia, de la caza hacen seña y jornadas, la merluza del pincho pixueta reina entre lo marinero y el bacalao –dada su vecindad con la villa que fuera histórico centro de salazones y curadillos– ni Bilbao lo mejora.
«Partimos de la cocina tradicional sin otros adornos que los propios, y en fabadas y fabes con almejas déjame decirte, sin perder la modestia, que cosechamos bastantes aplausos. No obstante nos gusta jugar y experimentar con ensaladas, patés, salsas, algas, carnes y postres, y procuramos que clásicos eternos –mejillones a la marinera, entrecots, pimientos rellenos, anchoas ahumadas– lleven algún distintivo nuestro, por ejemplo el cachopo relleno de cecina, la ensalada templada de setas y algas, o el bacalao en salsa negra» -comenta David.
Los ventanales del comedor dejan ver a lo lejos el sereno cementerio del pueblo, las casonas de indianos retornados, el ‘Versalles asturiano’ de los hermanos banqueros y benefactores y la ondulada rasa que se despeña entre la villa pixueta y Artedo.
Hay para ver y caminar después de fartucase; además debemos esperar a que los vapores de la alegrÃa pasen antes de coger el volante y alejarnos pensando en volver.
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