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| Asador La Miranda |
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| Escrito por Luis Antonio AlÃas | ||||||
| Jueves, 26 de Mayo de 2011 00:00 | ||||||
Horno maestroAsador La Miranda. Alto La Miranda (Llanera). Sus asados nos trasladan, desde el corazón de Asturias, a la esencia castellana
A muy pocos kilómetros de Posada de Llanera, justo antes de coronar el vistoso cerro que da paso a Corvera y avizora tierras gijonesas, ovetenses y avilesinas, se localiza este asador y, aunque justo enfrente aparece la desviación para Villabona y SerÃn, resulta cierto, como señala Juan, que «estamos en medio de todo y en ninguna parte». Cosas de las autovÃas que han retornado al sosiego rural carreteras por las que antes pasaba un tráfico denso y constante, como ésta entre Oviedo y Avilés.
Un tráfico que levantó, en tiempos ya olvidados y mucho antes que el motor sustituyera carros y carretas de caballos, ventas donde enderezar ejes, arreglar ruedas, comer y reposar: «Cuando Belarmino y MarÃa, mis padres, campesinos de Pola de Allande en busca de mejores oportunidades, cogieron el establecimiento que ahora regentamos, sus anteriores propietarios ya no recordaban la fecha de inauguración, pero sabÃan que pasaba del siglo y que fue parada de postas y diligencias» -apunta Mari Paz.
Pues ahora la casa, renovada desde los cimientos, con su fachada de piedra, sus dinteles de madera, sus interiores de ladrillo, su entrada de bar, su comedor complementario en el acristalado porche y su gran y angulado comedor principal, ejerce, especialmente los fines de semana, de destino familiar alegre y bien servido alrededor de los tres grandes hornos panaderos que centran y presiden los espacios, y de los que salen continuamente, caldeando y aromando el ambiente, grandes raciones de cochinillo y lechazo según mandan las ordenanzas tradicionales de Castilla.
Y no sólo. Juan, que procede de Cangas del Narcea, recuerda a su abuela preparando en el horno hogareño, para las fiestas principales y tras cocer las hogazas de pan, lechazos candeales y suculentos. Por cuartos, medios o enteros, los jóvenes ejemplares –máximo de veintiún dÃas para el cochinillo y de treinta y cinco para el lechazo– criados exclusivamente con leche materna, ocupan fuentes y dejan brillar, dorada y quebradiza, la piel que empana la dulce, suave, jugosa y mantecada carne.
De acompañamiento llegan una buena ensalada, unos pimientos igualmente asados en el horno y unas panaderas fritas con cebolla.
Y un Ribera de Duero de la casa o unos tintos riojanos y vallisoletanos clásicos y corpóreos. Previamente podemos abrir boca con entrantes muy apropiados –callos picantinos y enjamonados, morcilla de arroz, croquetas de jamón– y posteriormente rematar el festÃn con un postre casero. Al salir, uno esperarÃa ver el acueductode Segovia o las torres de Sepúlveda;y se encuentra frente a valles hondos, carbayos, hórreos y balagares que no valen menos. |
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| Última actualización el Jueves, 26 de Mayo de 2011 15:35 |
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